Los dineros
Me he dado cuenta de que últimamente hablo mucho de dinero. También porque no estoy acostumbrada a dar entrevistas y en el último mes he dado dos—que saldrán próximamente en Nervi y en Epicanto, respectivamente. Cuando no puedo dormir, las frases que he dicho se acumulan en mi cabeza como un teleprompter desajustado y me arrepiento de lo que he dicho, y me salen frases que debería haber dicho en su lugar.
Cierto es que en la industria cultural poco se habla de dinero, de los sueldos, de lo que cobramos los autónomos, de lo que cobran las autoras, de sus anticipos, de los royalties cobrados. Sí salen las cantidades que se dan en los premios, siendo el más llamativo siempre y por razones obvias el Premio Planeta. También cuando ciertos personajes públicos entran en el debate más relevante del momento—la vivienda—y nos dicen que a pesar de haber vendido casi trescientos mil ejemplares de un libro no se pueden permitir comprar un piso en Madrid. (Ahí discrepo, aunque tal vez el piso que se quiere vale lo mismo que la cantidad del Premio Planeta o se quiera comprar sin hipoteca y entonces tengo que callarme.)
El dinero, en este mundo ultracapitalista que nos ha tocado vivir, lo vertebra todo y es un peso importantísimo en las decisiones que tomamos cada día. Así que hablemos de lo que realmente cobra una agencia literaria, y por ende, una agente.
Cualquier agencia literaria debe adherirse a un código ético que está bastante marcado por lo que detallan AALA en Estados Unidos, y por AAA en Reino Unido. Aquí tenemos ADAL, que es la asociación patria de agencias literarias y que, sin embargo, no cuenta con un código deontológico en su web (una lástima, si me preguntan, porque esto profesionaliza totalmente nuestra profesión).
Aquí podéis leer el Code of Practice de AAA; y aquí la de Estados Unidos, donde lo llaman Code of Ethics. Creo que cualquier autora debería leérselo antes de fichar con una agencia literaria, ya que te informa exactamente de cómo debería comportarse tu agente.
Lo más importante en cualquier caso se que una agencia siempre va a comisión y jamás debe pedirle dinero a una autora. Agente y autora van de la mano, y solo cuando gana dinero la autora, lo gana la agencia. Esto, como trabajo, es durísimo sobre todo en los inicios, pero a la vez, es fácilmente escalable. Lo mismo es para las autoras, que pueden dedicarle años a escribir un libro y no ver un céntimo hasta que finalmente lo compra un editor. Una agente puede trabajar años con una autora antes de ver un solo céntimo por el trabajo realizado.
Es complicado, sí. Pero también te pone de igual a igual en una relación que, según mi experiencia, se basa sobre todo en la confianza y el respeto mutuo. Me repito más que el ajo, pero siempre hago la misma alegoría: cuando trabajo con una autora, es como ir en coche: la autora conduce—y por lo tanto toma las decisiones—y yo hago de copiloto explicando con todos los detalles qué camino debemos seguir si queremos llegar a A) o a B).
Hablar de dinero es también una manera de tratarnos como iguales, y como personas inteligentes que somos. Ayuda a que no nos den gato por liebre, pero también a entender los condicionantes de las ofertas que recibimos para la publicación de un libro, si vale la pena (o no) publicar en base a esa oferta económica, y qué entra en la ecuación además del dinero en la toma de las decisiones.
Es igual de importante a la hora de diseñar estrategias para tener carreras literarias a largo plazo, y de tener recursos para poder cambiar de rumbo. Y sobre todo para poder saber qué hacer en caso de recibir una llamada que diga: necesito dinero. Porque la mayoría, o al menos la mayoría de las personas de las que me rodeo, habitamos esa parte gris que es la clase trabajadora: podemos permitirnos unas vacaciones y llegar (más o menos) a fin de mes, pero somos plenamente conscientes de que estamos en una cuerda floja, cual funambulistas, y de que cualquier tormenta inesperada puede hacernos trastabillar.

